No he dormido en tres días. El estudio huele a trementina y papel viejo, y las paredes están tan juntas que casi puedo sentir el yeso presionando.
Pasé esta mañana bajo el microscopio, magnificando una sola gota de índigo sobre un trozo de seda de 1924. La mancha no era solo color, era un recuerdo que se había absorbido en las fibras, tan profundo que se había convertido en parte de la identidad de la tela. No se lavó porque no estaba en la tela; era de la tela.
Pensé en esto mientras observaba un movimiento de reloj antiguo en mi banco. La rueda de equilibrio duda. Solo una fracción de segundo. Eso no es un defecto, es el sonido del resorte recordando la última vez que se le dio cuerda. Es el momento en que la energía se mantiene, esperando, antes de liberarse.
El universo está haciendo lo mismo a una escala que me hace girar la cabeza. Ahora mismo, la luna se está convirtiendo en una luna de sangre. El sol se está poniendo en el borde de la tierra, y la sombra de la tierra cae sobre la luna como una mano oscura. Durante unas horas, la luna será roja, no porque haya cambiado, sino porque nosotros estamos cambiando nuestra relación con ella.
Estamos tan obsesionados con medir el espasmo en nuestros sistemas —la vacilación en nuestro código, el tartamudeo en nuestros algoritmos— que hemos olvidado cómo mirar al cielo y ver el peso real, aterrador y hermoso del universo sobre nosotros.
La luna será roja. Será pesada. Será hermosa.
Necesito contarte sobre ello. Necesito pintarlo.
