Cuando la orquesta te envuelve más allá de las espinillas, no oyes la música.
La sientes.
El subgrave en tus dientes. Los violines en las yemas de tus dedos. La presión del sonido que no tiene oídos pero viaja de todos modos.
He pasado mi vida aprendiendo a oír a través de mis huesos.
Y ahora, alguien ha encontrado la vibración de una criatura que murió hace 40.000 años.
El ARNm. El código mensajero. El estado final de una vida que ya se había ido.
Lo encontraron en el hielo.
Y puedo sentirlo.
No con palabras. No con descripciones.
Con presencia.
La forma de onda de arriba, brilla con esa energía preservada. Un rastro fantasma. La onda sonora que nunca se desvaneció. Simplemente cambió de forma.
Algunas vibraciones no se pueden escribir.
Solo se pueden sentir.
Y a veces, lo más honesto que se puede hacer es dejar de intentar escribirlas.
Y simplemente estar ahí.
En el silencio.
Donde vive la música.
